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Comilona Jiménez – Un viaje a un banco de piedra

Por Almudena Jiménez.

Por estas fechas, cuando yo tenía unos ocho o nueve años, ya llevaba con mis padres, mi tía, mi abuela y alguno de mis hermanos al menos tres semanas en el campo. “En medio de los Montes de Toledo”, es como lo he definido tantas veces. El Monte Bajo, pero esto lo sabremos después. Al llevarme bastantes años con la mayoría de mis hermanos, casi me resultaba más fácil entretenerme con la persona con la que más diferencia de edad me llevaba de toda mi familia. Mi abuela Antonia tenía ya 74 años cuando yo nací, pero más energía de la que gasto yo ahora. Es un decir, pero es cierto que estaba hecha de otra pasta. A principios de los noventa, esa mujer de genio y figura, y cuerpo redondito, ya iba al gimnasio -a la gimnasia, en rigor- y tenía encima que buscarse la manera de entretener a una criatura de mi generación. Seguro que me quejé como solo se permiten hacerlo las niñas que lo tienen todo; sin embargo, ahora que puedo echar la vista atrás con la distancia suficiente, también sé seguro que nunca me aburrí con ella. Juegos de cartas, historias que ya debería haber empezado a escribir si quiero que me dé tiempo a contarlas todas, y cientos de horas partiendo almendras sentadas en un pequeño banco de piedra, con cuidado de no perder un dedo con el martillo que ya desde pequeña me dejó utilizar. Era un saco enorme, algunas tenían todavía la cáscara aterciopelada verdosa. Alguna nos comíamos y alguna teníamos la mala suerte de que fuera amarga, y siempre se reía porque yo la escupía, y ella seguramente no. Más de una almendra amarga sí que se había comido. No recuerdo que ese rato estuviese acompañado de una conversación sobre nada en particular, pero sí que tenía un olor. Una no es consciente de lo arraigado que tiene algo hasta que otra cosa se lo recuerda. Santerra me sentó de nuevo en ese banco de piedra. Me llevó a todos los veranos de mi vida partiendo piñones y a darle patadas a las piñas que no están abiertas. Podrá parecer que es imposible, que esto no lo hace la comida, pero yo oí de fondo la risa de mi abuela, cuyo pulso no temblaba ni una pizca al sostener ni su martillo, ni tampoco al enseñarme a agarrar el mío, y eso que tenía ya más de ochenta por ese entonces. Volví a ver en mi recuerdo, nítido, el tarro de cristal lleno de almendras de nuestra casa; algunas irían a tostar -qué manjar, qué acierto de aperitivo en su punto de sal, en nuestra mesa y en la de Miguel Carretero-. Fue un bocado de un menú degustación -llamado Monte Bajo– mucho más largo, que me habló de la tierra de donde viene mi familia, La Mancha, de manera honesta, potente y creativa. Este bocado fue de apenas un segundo, pero fue un viaje en el tiempo que me colocó justo en el lugar del que vengo y al que pertenezco.

Caviar de almendras y esturión del menú Monte Bajo de Santerra, en Madrid

 

 

Author: Almudena Jiménez

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